Los 3 grandes…caddies (I); Ernest Carolan

A principios de la década de los años 60, un joven abogado llamado Mark McCormack fundó la que posteriormente se convertiría en la agencia de representación de deportistas más importante del mundo; IMG. Tres de sus primeros clientes fueron, nada más y nada menos, Arnold Palmer, Jack Nicklaus y Gary Player. Aprovechando su rivalidad deportiva, la estrategia de marketing puesta en marcha por IMG consiguió popularizar el golf como nunca antes se había hecho. Por ello, más allá de sus “alias” individuales (el rey, el oso dorado y el caballero negro), a este trío de jugadores se les acabó llamando “The big three” (los tres grandes).

Pero el mundo del golf no tiene solo una cara sino que en él se pueden encontrar diversas dimensiones. Una de ellas es la perteneciente a los caddies y, en ese lugar, el apelativo “The big three” se aplica también a aquellos que llevaron la bolsa de estos tres grandes jugadores durante su época dorada. Así, cuando uno menciona los nombres de Ernest “Creamy” Carolan, Angelo Argea y Alfred “Rabbit” Dyer, lo que está haciendo es mentar a tres de las grandes leyendas de este deporte para los sufridos porteadores de bolsas de golf. Evidentemente, para el resto de los aficionados, léase los que no somos duchos en todas las magnitudes del poliédrico mundo del golf, estos nombres no tendrán un significado claro hasta que hayamos acabado de leer los tres artículos dedicados a ellos.

Por orden de lista, empezaremos hablando de Ernest “Creamy” Carolan, quizás el más desconocido de ellos. Presumiblemente nacido el 23 de abril de 1915 en Mamaroneck (Westchester, NY), no se tienen muchos datos sobre sus inicios en el golf. Sí se tienen referencias sobre los grandes jugadores a los que ayudó con su bolsa durante los 50 años que estuvo trabajando en el PGA Tour, nombres que incluyen, entre otros, a Ben Hogan, Sam Snead o Raymond Floyd. También se sabe que tenía la poco sana costumbre de atrapar en el aire con un guante de béisbol las bolas de golf que su jugador golpeaba en el campo de prácticas (recordemos que en esa época no existían los coches recogebolas ni las bolas de prácticas, por lo que las bolas de entrenamiento debían ser recuperadas a mano). Y digo poco sana porque quizás le hubiera convenido más agacharse a recogerlas del suelo que haberse quedado, como fue el caso, con el dedo índice de la mano derecha paralizado por los repetidos impactos de las bolas de golf en él.

En su larga carrera, Arnold Palmer tuvo muchos caddies. Algunos de ellos estuvieron siempre presentes en los triunfos más mediáticos del jugador (conocido es su vínculo “solo-para-el-Open” con James “Tip” Anderson o su probada fidelidad a “Ironman” Avery en el Masters de Augusta) pero su relación con Carolan fue la que proporcionó a “The King” los resultados más fructíferos a lo largo del tiempo. Además de las numerosas victorias que compartieron, su asociación dejó para la historia un hito que todavía hoy perdura, como es su decisiva participación en la invención de una de las herramientas más usadas por cualquier jugador profesional que se precie; el “strokesaver” moderno o libro de distancias.

A comienzos de los años 60 empezaron a circular en algunos torneos del circuito americano un tipo de “strokesavers” bastante rudimentarios. A Arnold Palmer, que se encontraba en uno de los mejores momentos de su carrera, no le sentó demasiado bien que los jugadores pudieran acceder a la información facilitada en aquellos libros de distancias durante los torneos porque le parecía que el golf no se debía jugar así. Palmer era de la opinión que el juego se debía conducir de la misma manera que lo habían hecho los pastores escoceses que lo inventaron. Una de sus frases favoritas recordaba que Walter Hagen o Bobby Jones nunca habían utilizado este tipo de ayudas y habían sido grandiosos jugadores.

Viendo que su deseo de que el R&A y la USGA prohibieran los “strokesavers” no se tornó en realidad, Palmer tuvo que adaptarse y empezar a utilizarlos para no quedarse atrás con respecto a sus competidores. De todas maneras, el uso que de ellos hacía “The King” tampoco era el más aconsejable pues acostumbraba a aprovechar superficialmente las pocas anotaciones que contenían y procedía a tirarlos nada más acabar su ronda. En cambio, su caddie, Ernest Carolan, viendo lo poco elaborados que eran los primigenios libros de distancias, empezó a confeccionar los suyos propios. Dibujando a mano alzada y en color el perfil de cada uno de los hoyos del recorrido, Carolan incluía en sus bocetos un completo y detallado estudio de cada hoyo, con expresión de las diferentes medidas que le podían ayudar en su trabajo. Viendo la extrema calidad de los “strokesavers” confeccionados por Ernest “Creamy” Carolan, Palmer cambió sus costumbres y empezó a aprovechar los datos que estos libros le proporcionaban. Además, dejó de tirarlos tras su uso y estuvo de acuerdo con su caddie en que los guardara para poder usar las anotaciones realizadas cuando volvieran a jugar ese mismo campo. Sin pretenderlo, Carolan se había convertido en el precursor de los libros de distancias modernos, creando el modelo bajo el que posteriormente se confeccionarían todos ellos.

El museo de la USGA guarda celosamente uno de esos “strokesavers”, concretamente el referente al Congressional Country Club y del que seguidamente mostramos una foto. En primera instancia, en él se puede observar, en la parte superior derecha, la “firma” del caddie (The Cream). Si nos fijamos en su contenido podremos comprobar como Carolan anotaba gran cantidad de datos incluyendo las distancias hasta los diversos obstáculos, la distancia para sobrevolarlos, sus dimensiones, la anchura de los greens en sus diversas partes, la distancia hasta la entrada de green desde el lugar de salida de los pares 3 o desde la calle del hoyo, etc.

Sin atribuirse en ningún momento el lugar en la historia que le correspondía, y tan sigilosamente como llegó, Ernest “Creamy” Carolan se fue de este mundo ya hace más de una década. Ni siquiera con las potentes herramientas informáticas de hoy en día se puede averiguar mucho más de él; era un hombre discreto. De su relación con el golf solo ha quedado una frase suya para la posteridad, que citó en 1981 en el Riviera Country Club de Los Ángeles. Mientras miraba hacia las hectáreas de hierba y eucaliptos que se divisaban desde las alturas de la casa-club, musitó “Una vez que empiezas con este trabajo es difícil dejarlo. Mira allí abajo. Es precioso. Hay algo sobrecogedor en levantarse al alba y caminar por el campo, comprobando la posición de las banderas. Es fácil perder la noción de la realidad”. Una sensación que creo que muchos de los que practicamos este deporte compartimos con él.

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