Los tres grandes….caddies (II); Angelo Argea

En el último artículo del blog hablaba de Ernest “Creamy” Carolan, precursor de los modernos “strokesavers” o libros de distancias y el mejor caddie que tuvo nunca Arnold Palmer. Nuestro siguiente protagonista es Angelo Argea, el caddie que acompañó a Jack Nicklaus en la inmensa mayoría de sus triunfos.

A. G. Argeropoulos nació en Grecia el 7 de noviembre de 1929, antes de que su familia emigrara a los EEUU. Radicado en Las Vegas (Nevada), se cambió sus nombres griegos por Angelo Argea para facilitar la pronunciación en su país de acogida. Aunque oficialmente era taxista, se tiene constancia de que entre sus “trabajos” estaba incluido el de apostador profesional en la “ciudad del pecado” y que el resto eran bastante esporádicos. No en vano, cuando Nicklaus hablaba de los anteriores empleos de su caddie, comentaba en tono jocoso que “básicamente, había estado jubilado desde los 21 años”.

En 1963, uno de los propietarios del Dessert Inn de Las Vegas, probablemente Wilburg Clark (fundador del hotel y también promotor en 1953 del Tournament of Champions que actualmente se celebra en Kapalua Plantation), invitó a Argea a hacerle de caddie en el pro-am del Palm Springs Classic que se iba a celebrar en El Dorado Country Club. Tras el evento, el club pidió que todos los caddies que habían participado en el pro-am también lo hicieran en el torneo oficial ya que no había suficientes para cubrir las demandas de los jugadores del PGA Tour. A Argea no le apetecía demasiado “trabajar” un día más, por lo que se apuntó como posible caddie de Jack Nicklaus, del que había oído que no iba a concurrir por una lesión en la cadera. Finalmente, Nicklaus acabó por encontrarse mejor de sus problemas físicos e hizo acto de presencia en el torneo. Tras las correspondientes cuatro jornadas con Argea a la bolsa, Nicklaus ganó el torneo.

Jack Nicklaus era tremendamente supersticioso. Si el día que desayunaba tortilla hacía 66 golpes, desayunaba tortilla el resto del torneo. La victoria con Argea como caddie en su primer campeonato juntos debió gustar al jugador porque, cuando tuvo que disputar al poco tiempo en Las Vegas el “Tournament of Champions”, le volvió a llamar. Tras ganar los 13.000 dólares en monedas de plata de ese evento, el “oso dorado” se llevó a Argea en su gira por la costa oeste, consiguiendo varias victorias más. Aunque no le contrató como caddie titular hasta 1968, este fue el principio de una relación profesional que duraría casi veinte años y que estaría plagada de momentos estelares. Para valorar la importancia que Nicklaus le daba a la compañía de Argea hay que señalar que, en una época en que nadie disfrutaba de esas condiciones de trabajo, se convirtió en el primer caddie que cobraba un sueldo fijo y también percibía un extra cuando su jugador ganaba un torneo.

Decididamente, Angelo Argea era un tipo peculiar. Como contraposición a Nicklaus, era una persona muy sociable y habladora. Su inconfundible estampa, con su canoso pelo “a lo afro”, llegó a ser un auténtico imán para periodistas, jugadores, caddies, aficionados y cualquiera que quisiera pasar un rato de agradable charla. Había días en que Argea firmaba casi tantos autógrafos como su jefe. Incluso llegó a aparecer en el famoso programa matutino “good morning america” y hasta escribió un libro que tenía el descriptivo título de “el oso y yo; la historia del caddie más famoso del mundo”.

Nicklaus y su caddie

Dicho esto, parecería que Argea era algo parecido al mejor de los caddies en el aspecto técnico pero la realidad es que existen dudas sobre de ello. No se puede decir que Argea fuera nunca un portento calculando distancias o leyendo la caída de los “greens”, ni tampoco que haya proporcionado ningún avance significativo al mundo del golf como hizo Ernest Carolan. De hecho, la figura de Argea como caddie es algo contradictoria porque su trabajo a cargo de la bolsa del “oso dorado” consistía en hacer………prácticamente nada. Probablemente, el caddie realizaba parte del trabajo habitual de una “bag rat”, como ellos mismos se autodenominan. No obstante, las declaraciones de Argea, seguramente con un punto de ironía, no solían ir en ese sentido. Es muy célebre la respuesta que dio cuando le preguntaron cual era exactamente su cometido cuando acompañaba al “oso dorado” por el campo; “Él me ha pedido que haga dos cosas. La primera, que cuando no esté jugando bien le recuerde que es el mejor golfista del mundo. La segunda, que además le recuerde que quedan muchos hoyos por jugar”.

Con total seguridad se puede afirmar que el éxito de este curioso binomio tuvo mucho más que ver con su compatibilidad de caracteres (algo que no siempre se valora en su debida importancia) que con las habilidades para su trabajo del caddie de origen griego; entre ellos existía una relación personal especial, que permitía a Nicklaus relajarse en el campo y dar lo mejor de sí. Prueba de que esa relación traspasaba lo puramente profesional es que, cuando llegó el día de la retirada de su caddie, Nicklaus no dejó a Argea abandonado sino que se preocupó de él hasta el fin de sus días. En un gesto que honra al “oso dorado”, y que también repetiría con su caddie británico Jimmy Dickinson (le dio trabajo como caddie-master en Muirfield Village cuando acabó su carrera), Nicklaus empezó a pagar a Argea una pensión de su propio bolsillo y le regaló un restaurante en un centro comercial de North Palm Beach para que pudiera dar rienda suelta a su incontenible verbo con las clientas del lugar. En octubre de 2005, a causa de un cáncer de hígado, la icónica figura de Ángelo Argea dejó de pertenecer a este mundo. En su funeral, Jack Nicklaus declaró que se sentía como si hubiera perdido a alguien de su familia y rememoró lo bien que se lo pasaba con Argea a su lado. La realidad es que, si recapitulamos desde el principio del artículo, quizás nos daremos cuenta de que esta no es la típica historia de un jugador de golf y un caddie sino que es la historia de una profunda amistad que dio como resultado la victoria en más de cuarenta torneos del PGA Tour. Una amistad que, como tantas otras cosas, pertenece a una época que ya nunca volverá.

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Los 3 grandes…caddies (I); Ernest Carolan

A principios de la década de los años 60, un joven abogado llamado Mark McCormack fundó la que posteriormente se convertiría en la agencia de representación de deportistas más importante del mundo; IMG. Tres de sus primeros clientes fueron, nada más y nada menos, Arnold Palmer, Jack Nicklaus y Gary Player. Aprovechando su rivalidad deportiva, la estrategia de marketing puesta en marcha por IMG consiguió popularizar el golf como nunca antes se había hecho. Por ello, más allá de sus “alias” individuales (el rey, el oso dorado y el caballero negro), a este trío de jugadores se les acabó llamando “The big three” (los tres grandes).

Pero el mundo del golf no tiene solo una cara sino que en él se pueden encontrar diversas dimensiones. Una de ellas es la perteneciente a los caddies y, en ese lugar, el apelativo “The big three” se aplica también a aquellos que llevaron la bolsa de estos tres grandes jugadores durante su época dorada. Así, cuando uno menciona los nombres de Ernest “Creamy” Carolan, Angelo Argea y Alfred “Rabbit” Dyer, lo que está haciendo es mentar a tres de las grandes leyendas de este deporte para los sufridos porteadores de bolsas de golf. Evidentemente, para el resto de los aficionados, léase los que no somos duchos en todas las magnitudes del poliédrico mundo del golf, estos nombres no tendrán un significado claro hasta que hayamos acabado de leer los tres artículos dedicados a ellos.

Por orden de lista, empezaremos hablando de Ernest “Creamy” Carolan, quizás el más desconocido de ellos. Presumiblemente nacido el 23 de abril de 1915 en Mamaroneck (Westchester, NY), no se tienen muchos datos sobre sus inicios en el golf. Sí se tienen referencias sobre los grandes jugadores a los que ayudó con su bolsa durante los 50 años que estuvo trabajando en el PGA Tour, nombres que incluyen, entre otros, a Ben Hogan, Sam Snead o Raymond Floyd. También se sabe que tenía la poco sana costumbre de atrapar en el aire con un guante de béisbol las bolas de golf que su jugador golpeaba en el campo de prácticas (recordemos que en esa época no existían los coches recogebolas ni las bolas de prácticas, por lo que las bolas de entrenamiento debían ser recuperadas a mano). Y digo poco sana porque quizás le hubiera convenido más agacharse a recogerlas del suelo que haberse quedado, como fue el caso, con el dedo índice de la mano derecha paralizado por los repetidos impactos de las bolas de golf en él.

En su larga carrera, Arnold Palmer tuvo muchos caddies. Algunos de ellos estuvieron siempre presentes en los triunfos más mediáticos del jugador (conocido es su vínculo “solo-para-el-Open” con James “Tip” Anderson o su probada fidelidad a “Ironman” Avery en el Masters de Augusta) pero su relación con Carolan fue la que proporcionó a “The King” los resultados más fructíferos a lo largo del tiempo. Además de las numerosas victorias que compartieron, su asociación dejó para la historia un hito que todavía hoy perdura, como es su decisiva participación en la invención de una de las herramientas más usadas por cualquier jugador profesional que se precie; el “strokesaver” moderno o libro de distancias.

A comienzos de los años 60 empezaron a circular en algunos torneos del circuito americano un tipo de “strokesavers” bastante rudimentarios. A Arnold Palmer, que se encontraba en uno de los mejores momentos de su carrera, no le sentó demasiado bien que los jugadores pudieran acceder a la información facilitada en aquellos libros de distancias durante los torneos porque le parecía que el golf no se debía jugar así. Palmer era de la opinión que el juego se debía conducir de la misma manera que lo habían hecho los pastores escoceses que lo inventaron. Una de sus frases favoritas recordaba que Walter Hagen o Bobby Jones nunca habían utilizado este tipo de ayudas y habían sido grandiosos jugadores.

Viendo que su deseo de que el R&A y la USGA prohibieran los “strokesavers” no se tornó en realidad, Palmer tuvo que adaptarse y empezar a utilizarlos para no quedarse atrás con respecto a sus competidores. De todas maneras, el uso que de ellos hacía “The King” tampoco era el más aconsejable pues acostumbraba a aprovechar superficialmente las pocas anotaciones que contenían y procedía a tirarlos nada más acabar su ronda. En cambio, su caddie, Ernest Carolan, viendo lo poco elaborados que eran los primigenios libros de distancias, empezó a confeccionar los suyos propios. Dibujando a mano alzada y en color el perfil de cada uno de los hoyos del recorrido, Carolan incluía en sus bocetos un completo y detallado estudio de cada hoyo, con expresión de las diferentes medidas que le podían ayudar en su trabajo. Viendo la extrema calidad de los “strokesavers” confeccionados por Ernest “Creamy” Carolan, Palmer cambió sus costumbres y empezó a aprovechar los datos que estos libros le proporcionaban. Además, dejó de tirarlos tras su uso y estuvo de acuerdo con su caddie en que los guardara para poder usar las anotaciones realizadas cuando volvieran a jugar ese mismo campo. Sin pretenderlo, Carolan se había convertido en el precursor de los libros de distancias modernos, creando el modelo bajo el que posteriormente se confeccionarían todos ellos.

El museo de la USGA guarda celosamente uno de esos “strokesavers”, concretamente el referente al Congressional Country Club y del que seguidamente mostramos una foto. En primera instancia, en él se puede observar, en la parte superior derecha, la “firma” del caddie (The Cream). Si nos fijamos en su contenido podremos comprobar como Carolan anotaba gran cantidad de datos incluyendo las distancias hasta los diversos obstáculos, la distancia para sobrevolarlos, sus dimensiones, la anchura de los greens en sus diversas partes, la distancia hasta la entrada de green desde el lugar de salida de los pares 3 o desde la calle del hoyo, etc.

Sin atribuirse en ningún momento el lugar en la historia que le correspondía, y tan sigilosamente como llegó, Ernest “Creamy” Carolan se fue de este mundo ya hace más de una década. Ni siquiera con las potentes herramientas informáticas de hoy en día se puede averiguar mucho más de él; era un hombre discreto. De su relación con el golf solo ha quedado una frase suya para la posteridad, que citó en 1981 en el Riviera Country Club de Los Ángeles. Mientras miraba hacia las hectáreas de hierba y eucaliptos que se divisaban desde las alturas de la casa-club, musitó “Una vez que empiezas con este trabajo es difícil dejarlo. Mira allí abajo. Es precioso. Hay algo sobrecogedor en levantarse al alba y caminar por el campo, comprobando la posición de las banderas. Es fácil perder la noción de la realidad”. Una sensación que creo que muchos de los que practicamos este deporte compartimos con él.

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La bola Top Golf

Hace tres años y medio escribí una artículo sobre la cadena de canchas de prácticas Top Golf. Ya en aquél momento me pareció una gran idea, sobre todo teniendo en cuenta que tanto la economía como el tiempo libre de que disponemos para jugar al golf en “campo grande” no han mejorado mucho desde entonces. En un lugar como el Top Golf puedes practicar, y al mismo tiempo establecer un tipo de relaciones sociales que seguramente para el estilo de vida de los más jóvenes es mucho más apetecible. El reflejo está en el crecimiento de esta cadena, que hace algo más de un año estableció un acuerdo estratégico con el PGA Tour y la LPGA como herramienta principal de promoción de nuestro deporte.

Dejando de lado el aspecto publicitario, hoy he hablado de Top Golf porque he encontrado un vídeo de un par de culos inquietos que me ha gustado mucho. Se trata del canal “What’s inside?” (¿qué hay dentro?), y que se han dedicado a probar en el radar doppler las bolas que se usan en estas instalaciones…..y también a abrirlas para ver qué hay en su interior. Veamos el vídeo:

Como se puede comprobar, y aunque es cierto que son pocos golpes de prueba, lo cierto es que las bolas de Top Golf vuelan menos que las “normales”. Prácticamente un palo. La explicación supongo que debe tener que ver, como se ve al final de la grabación,  con su proceso de fabricación; introducir un chip en su interior debe comportar limitaciones en los materiales a usar, cuando no incidir directamente en la precisión de los golpes cual escopeta de feria con el cañón doblado. Con un núcleo que cuyo reparto de pesos no se acerca a la perfección de una esfera (el chip es plano y rectangular), el giro de la bola nunca será igual que el de una Titleist.

En definitiva, que si algún día abren uno de estos en Madrid y/o Barcelona (fuera de ahí me parece utópico conseguir cuadrar las cuentas), no se olviden de coger un palo más 😉

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Abe Mitchell

Hoy “toca” recuperar la figura de Abe Mitchell, sobre el que escribí hace unos años con motivo de la Ryder Cup. Esta es su interesante historia 🙂

Empieza una nueva edición de la Ryder Cup y, en los próximos días, veremos en todos los medios de comunicación infinidad de imágenes de la dorada copa que da nombre a la competición. No en vano, este torneo es el tercer evento deportivo de mayor audiencia televisiva tras los Juegos Olímpicos y los mundiales de fútbol. A pesar de ello, solo los más observadores se darán cuenta de la existencia de la pequeña figura en forma de golfista que corona el trofeo. Y, entre los más observadores, solo unos pocos sabrán que ese jugador tenía nombre y apellidos; Abe Mitchell.

Henry Abraham Mitchell nació el 18 de enero de 1887 en Forest Row (Sussex, Inglaterra). Su madre, Mary, lo era en condición de soltera, algo no muy bien visto por la puritana sociedad de la época. Por ello, hicieron pasar a Mitchell por su hermano pequeño y fue criado por los abuelos del niño, George y Sophia.
Afortunadamente para el futuro de nuestro protagonista, en 1893 se estableció en los lindes de la propiedad familiar el Tunbridge Wells & Ashdown Forest Golf Club. Abe Mitchell empezó desde muy pequeño a ejercer de caddie en el lugar, lo que también le permitió recibir clases sobre el mantenimiento del campo y empezar a jugar a golf.

Cuando Mitchell descubrió la mentira sobre su verdadera madre, que se había casado y vivía a escasos metros de la vivienda familiar, el golf se constituyó en su refugio personal. Aunque no era muy alto, el trabajo en el bosque y la casi obsesiva práctica hicieron de él uno de los jugadores más “largos” y rectos de la época. Por ello, ya desde muy joven, empezó a clasificarse en los puestos cabeceros de las competiciones “Open” que se organizaban en su club.

La carrera como amateur de Abe Mitchell fue fructífera. Con 16 años ya se enfrentó a un gran golfista de la época como Horatio Gordon Hutchinson, doble campeón del Amateur Championship en 1886 y 1887, para perder por un solo hoyo. En 1910, tras otra dura contienda ante el mismo rival, que acabó con idéntico resultado, fue el propio Hutchinson el que recomendó a Mitchell como integrante del equipo inglés en su tradicional “match” contra Escocia; la destacada actuación de nuestro protagonista, venciendo por 7&5 a Guy Campbell, ayudó a los ingleses a conseguir su primera victoria de los últimos seis años. Una semana después, Mitchell perdió por 5&4 en Hoylake la semifinal del Amateur Championship ante el mejor jugador del momento y posterior campeón, John Ball. A pesar de la derrota, ese mismo año ganó el famoso Golf Illustrated Gold Vase Stroke Play en Sunningdale, con cinco golpes de ventaja sobre Angus Hambro.

Abe Mitchell (centro, en la fila trasera), con el equipo de Inglaterra en 1910

Su primera incursión en el Open Championship tuvo lugar en la edición de 1911, celebrada en el Royal St George’s. Como le ocurrió durante toda su carrera, cuanto más importante era el torneo y el público que le acompañaba, peor era su rendimiento en el campo de golf. Con dos tarjetas de 80 y 86 golpes, Mitchell ni tan siquiera consiguió pasar la previa de un campeonato que registró una participación récord de 226 jugadores. Al año siguiente, Mitchell volvió a caer ante John Ball, esta vez en la final del Amateur Championship celebrado en el campo más antiguo de Inglaterra; el Royal North Devon Golf Club (popularmente conocido por el topónimo del lugar en el que se encuentra; Westward Ho!) Fiel a su estilo, nuestro protagonista desperdició varias ventajas para conseguir un título que se le escapó en el segundo hoyo del desempate. En 1913, tras ganar por segunda vez el Golf Illustrated Gold Vase stroke play, se pasó al profesionalismo para ver como la 1ª Guerra Mundial interrumpía su progresión como jugador.

Tras volver de la guerra, Abe Mitchell irrumpió en el profesionalismo con fuerza. Tras vencer en el British PGA Match Play Championship de 1919, segundo torneo en prestigio de la época, triunfó en lo que iba a ser lo más parecido a un Open Championship en toda su carrera. A causa de la 1ª Guerra Mundial, el decano de los “majors” no se había celebrado, por lo que se organizó un torneo de similares características en St Andrews al que se llamó el “Victory Open”. Tras acabar empatados en el primer puesto con 312 golpes, Abe Mitchell y George Ducan decidieron desempatar por el título al día siguiente, mientras disputaban una partida de exhibición junto a Harry Vardon y James Braid. Mitchell fue el que firmó la mejor tarjeta del día y, por tanto, el que acabó incluyéndolo en su palmarés.

En 1920, Mitchell repitió triunfo en el British PGA Match Play Championship y llegó al Open que se iba a celebrar en el Royal Cinque Ports en plenitud de facultades. Tras la disputa de las dos primeras rondas, nuestro protagonista lideraba el torneo con suficiencia por seis golpes al haber entregado dos tarjetas de 73 y 74 impactos…….para ver como una horrible tercera vuelta de 84 golpes acababa con sus opciones al triunfo final. Aunque Mitchell se las arregló para firmar un buen 76 en la última ronda, solo pudo ser 4º. Abe Mitchell siguió ganando torneos en Gran Bretaña y también probó suerte en los EEUU, donde cosechó algunas victorias de prestigio como las obtenidas en el Southern Open de 1922 (derrotando a Leo Diegel en el playoff) o en el Miami Open de 1924.

No obstante, el año que marcó el futuro de Mitchell fue 1925. Aunque había conocido a Samuel Ryder dos años antes, cuando nuestro protagonista acudió a un torneo organizado por el famoso comerciante de simientes en el campo de Verulam Golf Club, su amistad cristalizó cuando Ryder contrató como profesor a Mitchell para mejorar su juego.
Las semillas de la Ryder Cup se plantaron por primera vez en 1913, en Versalles. Allí, el equipo galo capitaneado por el ex-campeón del Open Championship Arnaud Massy, derrotó contundentemente al equipo estadounidense en un formato estipulado de partidos fourballs e individuales. En 1921, tras el famoso torneo de las 1.000 guineas celebrado en Gleneagles, se produjo un segundo enfrentamiento por equipos, esta vez entre Gran Bretaña&Irlanda y los EEUU. Con la ayuda de Abe Mitchell, los jugadores británicos vencieron por 9-3 al equipo capitaneado por Walter Hagen, abonando el terreno para el ensayo general que tendría lugar en 1926. En ese año, ya con Abe Mitchell y Samuel Ryder unidos en el propósito de crear la Ryder Cup, se acordó con Hagen que ambos equipos se volvieran a enfrentar. Lastimosamente, una huelga general paralizó el país y algunos de los jugadores estadounidenses no pudieron llegar a tiempo para participar en el envite. Con la ayuda de jugadores escoceses, se recompuso en lo posible el equipo norteamericano, que cayó derrotado inapelablemente por 13 ½ a 1 ½ en el campo de Wentworth.

Walter Hagen, Gene Sarazen, Abe Mitchell y George Duncan

Ante las quejas del bando estadounidense por la baja de varios de sus componentes, se decidió organizar un match a 72 hoyos (36 cada día) entre los dos mejores jugadores de ambos equipos; Abe Mitchell y Walter Hagen. Tras la primera jornada, Mitchell lideraba por cuatro arriba. Conocedor de los problemas de concentración de Mitchell por haber estado presente en la celebración del Open Championship de 1920 que el inglés perdió inexplicablemente, Hagen puso en marcha una de sus marrulleras tácticas. A la mañana siguiente, el jugador estadounidense hizo acto de presencia en el tee de salida 30 minutos más tarde de la hora estipulada con la intención de desestabilizar a Mitchell. Este, fuera de sí, acabó perdiendo estrepitosamente el match ante la mirada de Samuel Ryder, que encargó que se pusiera la conocida figura de su amigo y profesor en la parte superior del trofeo de la Ryder Cup para simbolizar el espíritu de deportividad que debería presidir esta competición.

Como de todos es sabido, 1927 significó la primera edición oficial de la Ryder Cup. La sede elegida para su disputa fue el Worcester Country Club (Massachusetts, EEUU) y el jugador designado para capitaner al primer equipo de Gran Bretaña e Irlanda fue Abe Mitchell. Desafortunadamente para él, una inoportuna apendicitis le impidió viajar en el SS Aquitania rumbo a los Estados Unidos. Sin su presencia ni la del joven Henry Cotton, el equipo británico sucumbió por un claro 9½ a 2½. En 1929, ya con ambos jugadores en el equipo, Gran Bretaña e Irlanda vencieron por 7 a 5 a los estadounidenses ante la atenta mirada de Samuel Ryder. El campo de Moortown (Leeds, Inglaterra) fue testigo del hecho. Mitchell participó también en la edición de la Ryder Cup de 1931 en el Scioto Country Club (Ohio, EEUU) que concluyó con un marcador de 9 a 3 para los norteamericanos.

1933 fue un año de la despedidas para Abe Mitchell. Despedida brillante del equipo de la Ryder Cup con el triunfo de Gran Bretaña e Irlanda por 6½ a 5½ y una actuación estelar de nuestro protagonista (victoria en foursomes por 4&3, y en individuales por 9&8 ante Olin Dutra)……..y despedida amarga de su sueño de conseguir el Open Championship. Empatado en el liderato tras 54 hoyos con Henry Cotton, Syd Easterbrook y Leo Diegel, una última ronda de 79 golpes le apartó definitivamente de la gloria. Nunca más tuvo la oportunidad de conseguir la deseada jarra de clarete. Como triste consuelo, Mitchell ganó la Copa Tooting Bec a la ronda más baja de esa edición por su 68 de la segunda jornada.

Para la inmensa mayoría de nosotros, Abe Mitchell sería actualmente un perfecto desconocido si no fuera por la pequeña figura que corona la dorada copa que con tanto esmero fabricaron los joyeros Mappin&Webb. El homenaje que su amigo y alumno Samuel Ryder le dedicó ha conseguido su propósito; que nadie olvide el importante papel que Abe Mitchell tuvo como uno de los mejores jugadores de su momento y como pionero de la Ryder Cup. Por ello, el epitafio que algún periodista dedicó a Mitchell como “el mejor jugador sin un Open” no debería devaluar la importancia que para el golf tuvo su figura. De hecho, no son muchos los que tiene el honor de haber presidido a lo largo de la historia el trofeo que se entrega al ganador de la competición por equipos más importante del mundo.

El swing de Abe Mitchell

Nota: Este texto ha bebido de las fuentes del excelente artículo de Roger Porter “Abe Mitchel, the man on the Ryder Cup -on the life and career of the great Cantelupe artisan-” Through the green, septiembre de 2008

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